Cuando la traducción puede ser una mala idea

Dejadme que empiece esta entrada con un extracto de un libro que leí hace algo menos de un año:

Un estudiante hace una pregunta en inglés y es ligeramente regañado mientras Marc, en un francés lento y sencillo, explica por qué no vamos a hablar nada de inglés en la clase. El francés no es una traducción del inglés, dice. No es inglés que ha sido codificado en francés y necesita ser descodificado de nuevo en inglés para ser entendido. El francés es el francés. […] No puedes simplemente reemplazar una palabra en francés por otra en inglés. Para entender lo que una palabra francesa significa necesitas entender “les circonstances” en las que se utiliza.

[…] En lugar de buscar un equivalente en inglés, debes observar cómo [la palabra] se utiliza para comprender su significado.

[…] Cuando quiero decir algo en francés, pienso en lo que quiero decir en inglés y después lo convierto al francés. Pero una traducción así, […] es limitante. Debes eliminar el traductor intermediario de tu mente puesto que tu cerebro no puede traducir en ambas direcciones lo suficientemente rápido para seguir el ritmo de una conversación. Para conseguir soltura en un idioma necesitas hablar (y pensar) como un hablante bilingüe, cambiar entre lenguas, no traducir entre ellas. Por supuesto es más fácil decirlo que hacerlo.

Traducción aproximada. Si alguien quiere leer el original, visitad la versión en inglés de este artículo.

Lo que acabáis de leer pertenece a Flirting with French de William Alexander, un libro en el que el autor, un estadounidense de 57 años, comparte sus experiencias a lo largo de 13 meses intentando aprender la lengua que siempre había querido aprender, francés.

Escogí leerlo porque supuse que podría sentirme identificada con él, y aunque una vez llegada al final del libro quizás no había encontrado lo que esperaba, sí que apunté en algún lugar las páginas 173 y 174 porque ponían sobre la mesa algo que encajaba tan bien con lo que he experimentado yo misma a lo largo de los años en el ámbito de las lenguas que tenía que escribir sobre ello aquí en el blog.

Traducción

Pero, ¿por qué puede la traducción ser una mala idea?

Cuando empezamos a aprender algo, sea lo que sea, y especialmente cuando no tenemos experiencia previa en el campo, nuestro reflejo más natural es hacer paralelismos con lo que ya conocemos.

Evidentemente, el aprendizaje de lenguas no es una excepción y por lo tanto, si nuestra lengua materna funciona de una determinada manera, intentaremos adaptar la lengua que estamos aprendiendo a lo que hemos estado utilizando durante la mayor parte de nuestras vidas. ¡Y a veces funciona! “Mi casa es grande” se convierte en “My house is big”. Palabra por palabra, nada del otro mundo.

Obviamente, si todas las lenguas funcionaran así, entonces el aprendizaje de idiomas se reduciría a memorizar un conjunto de equivalencias cual regla matemática, y qué queréis que os diga, en mi opinión lo acabaría haciendo demasiado aburrido.

Tal y como menciona el libro, el paso de una lengua a otra no es tan simple como reemplazar una palabra por otra y esperar que se comporte exactamente de la misma forma. Existen un montón de matices, influencias culturales, modismos, contextos o directamente cosas inexplicables que no van a funcionar como tú suponías. Y aunque a veces es posible buscar una lógica en esas diferencias, en otros casos lo único que puedes, y debes, hacer es simplemente aceptar que es así y punto.

Esta es quizás una de las ideas de las que mucha gente no se da cuenta, o que simplemente les cuesta entender porque requiere una cierta flexibilidad mental, paciencia e incluso una pequeña dosis de despreocupación. Deshacerse de la “moldes lingüísticos” de nuestro cerebro y nuestra lengua materna y adaptarnos a la nueva lengua se traduce en acostumbrarse a un sistema diferente, más o menos distante del nuestro dependiendo de la lengua que estemos aprendiendo y habituarse a sus nuevas características, pero también a esas en las que probablemente no estés pensando. Por todos es sabido que existen diferentes alfabetos, diferentes órdenes en las oraciones, diferentes expresiones, etc., pero estoy hablando de cosas un poco más sutiles.

Pongamos un ejemplo muy simple, la frase “Buenas noches“. Cualquier persona que haya estudiado un mínimo de inglés sabrá decirte que la traducción es “Good night“. De esa forma, cualquiera que sepa eso supondrá que es perfectamente normal entrar en un restaurante en Londres y saludar diciendo “Good night“. Meeeeh!. Error. Los ingleses sólo utilizan esta fórmula como despedida, nunca como saludo. Lo que deberíamos decir es “Good evening“, siendo “evening” un lapso de tiempo más bien indefinido entre el fin de la tarde y el principio de la noche.

Otros ejemplos podrían ser las traducciones de la palabra “reloj” y el verbo “perder”. Los hispanohablantes perdemos indistintamente las llaves y el autobús, y nos da igual que un reloj nos quepa en el bolsillo o que tenga el mismo tamaño que nosotros, pero a los angloparlantes no.

Se usa el verbo “to lose” cuando pierdes algo que era de tu propiedad, como las llaves, y “to miss” cuando no, como el autobús. Si tienes un autobús que te pertenece y por algún misterio misterioso ha desaparecido entonces supongo que puedes decir “I lost the bus”. En cuanto a los relojes, los pequeños de muñeca o bolsillo se llaman “watch” y los grandes de pared o pie “clock”. Vete tú a saber por qué.

Y no te cuento ya los problemas de traducción mental que podemos tener cuando nos metemos con las palabras que directamente no tienen equivalente en la otra lengua. Palabras como ‘estrenar’ o ‘sobremesa’ no tienen traducciones directas en inglés así que básicamente tienes que describir lo que significan cuando quieras usarlas.

Como pequeño aporte personal, no sabría decir la cantidad de veces que me han preguntando “¿Cómo se dice “x” en español?” y he tenido problemas para encontrar un buen equivalente o no me ha quedado otra que reformular completamente la frase de la persona porque no había manera de decir lo que quería de esa forma concreta.

Estas son algunas de las razones por las que los diccionarios y servicios como Google Translate no pueden hacer milagros. Traducir “Mi casa es grande” de español a inglés es una tarea muy sencilla, pero vete tú e intenta traducir “Hace un frío de narices” a cualquier idioma y verás lo preciso que es el resultado. De todas formas, y siendo justos, Google Translate sí reconoce unas cuantas estructuras más o menos comunes, particularmente en combinaciones de idiomas como español-inglés dado que tiene una gran cantidad de materiales traducidos en ambos idiomas de los que nutrirse. Si te interesa saber cómo funciona Google Translate, échale un vistazo a este vídeo, es cortito.

Dicho eso, también existen herramientas como Wordreference que, en mi opinión, son más útiles que un diccionario normal porque además de la traducción nos ofrece contextos y pequeñas explicaciones para saber cómo utilizar las palabras. Además, también tiene un foro en el que se pueden encontrar traducciones para construcciones algo más complicadas o informales.

Resumiendo

Tengo la sensación de que me he ido un poco por las ramas, así que esencialmente, cuánto más aprendes una lengua, más deberías intentar evitar tu voz interior nativa (qué místico todo), especialmente si es algo que utilizas conscientemente.

No podemos evitar recurrir a nuestra lengua materna porque es algo involuntario, particularmente al principio, pero dejando eso de lado, intenta no diseccionar todas y cada una de las palabras de una oración y en su lugar, haz lo posible por quedarte con la idea general. Igual suena a perogrullada, pero más personas de las que deberían intentan tratar los idiomas como si fueran ciencias exactas, y como es de esperar, se vuelven locos y abandonan.




Bea

Bea

¡Hola! Mi nombre es Bea y me encantan los idiomas, por eso escribo artículos sobre cualquier cosa relacionada con ellos que se me pase por la cabeza aquí, en Anything but language. ¡Espero que lo disfrutes!
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